Un nómada en una finca de café: La Cosecha

Elías Herrera de @acoffeewanderer narra su experiencia en La Cosecha en Villa Margarita, la ruta del café que realizamos el sábado 24 de Marzo, 2018.

9:30 a.m

Bajo la gigante sombra de “El Monumento” reviso la lista por ultima vez; estamos todos, es hora de partir.

El viaje comienza, la emoción de la gente, las conversaciones, la expectativa. Yo apenas hablo, inmerso en mi mente, saliendo a flote por momentos, cuando de casualidad se menciona mi nombre. Veo el paisaje pasar a mi lado, los arboles que van y vienen, las nubes sin rumbo, las montañas que no cambian.

Todo pasa rápido, muy rápido, y antes de darme cuenta ya estamos en el parador donde vamos a comer.

Un poco más cerca, un poco más lejos

El mesero mueve las grandes cortinas que ocultan la vista y veo las nubes posarse gentilmente sobre las montañas. El segundo grupo acaba de llegar, es curioso; todo el mundo llega, se saludan, se conocen, y yo pienso “a ver cuantos gramos de café voy a necesitar para prepararle a todos.”

Es un agradable lugar, la mayoría pedimos costillas, que estaban deliciosas. Hablo de café, de variedades, de perfiles. Hablamos de como cada uno aprecia una taza, de como cada uno quiere hacer algo para cambiar las cosas a las que por tanto tiempo nos han acostumbrado.

El tiempo se va entre un bocado y la idea de una mejor taza de café, pero logro terminar la ultima pieza justo a tiempo para oír que ya vamos partir hacia nuestro destino final.

Villa Margarita y su café Don Miro

Retomamos el camino, la gente ya no habla tanto. Todos vamos en fila detrás del vehículo de Clarence, nuestro anfitrión. Para mi, el trayecto es una serie de imágenes que se mezclan con el sueño en una especie de caleidoscopio verde y azul…verde y azul… verde y azul…

Quizás por que estoy más dormido que despierto el camino se hizo corto. Antes de darme cuenta nos paramos y alguien nos dice que ya hemos llegado. Las ansias se caldean y todos salimos como si anduviéramos en una excursion del colegio, somos niños otra vez. Rosa, la esposa de Clarence y también nuestra anfitriona, nos recibe en la entrada tan ansiosa como nosotros lo estamos de llegar a su finca. De inmediato nos reunimos todos y Jairon nos recibe con unas palabras antes de empezar el recorrido.

Visitamos el despulpador y el vivero. Willy, un joven que trabaja con ellos y es el encargado de la finca les explica a todos como se siembran y trasplantan las plantas. Explica de como la maquina automática se “jodio”y todos nos reímos un poco. Es curioso como una palabra que usamos en el día a día aveces se vuelve tan graciosa, y rompe el hielo de lo rígido y serio que innecesariamente esperamos que sean las cosas. Tras la explicación del proceso de despulpado, es al fin hora de recoger. Empieza el acenso hasta llegar a la cabaña, pero no sin antes ir de árbol en árbol, recogiendo las cerezas de café maduro, aprendiendo con nuestras propias manos.

El Ascenso

La parada en la cabaña fue corta, dejo mi mochila y sigo el acenso, ahora más empinado. No me preocupa, pues creo que aun conservo algo de cuando iba mucho las montañas. Al ir ascendiendo el escenario cambia, entre las hojas y las cerezas de café puedo ver el paisaje cubierto por la neblina. Sigo el camino, me detengo, toco una cereza, la arranco y la llevo a mi boca, en donde su dulce sabor se esparce.

A medida que sigo subiendo las nubes nos cubren y empieza a lloviznar; pero eso no me detiene, ni siquiera pasa por mi cabeza tal pensamiento. Un paso, luego otro, con cuidado, cuidado de no caer, de no volver. La lluvia se hace más fuerte, y el camino un tanto mas difícil. Siento mi cabello empapado, las gotas que destilan desde el cielo hacen que algunos se detengan y que otros se devuelvan. Pero quiero seguir, quiero ir allí donde nadie quiere, sentir que me alejo aunque sea un metro más de todo. El sonido de mis pasos y mi respiración es lo único que oigo ahora; el tambor en mi pecho y el aire frío en mis pulmones despejan mi mente; no pienso en nada, el murmullo se ha ido.

La ciudad esta lejos, tan lejos que no pasa por mi mente. Aquí, con los pies cansados, con la lluvia fría sobre mi, hay paz; algo que emana desde el suelo y lo permea todo, dejando solo la esencia de las cosas. Me quedo un momento allí y olvido mi nombre y el tiempo.

Comunión

El tiempo toca mi brazo, es hora de volver a la cabaña. El descenso es lento, nadie quiere resbalar y la lluvia no parece disminuir. Yo acelero mi paso, en cierta manera sé que nada me pasará, ya he hecho esto antes, en otro lugar, en otro tiempo.

Al fin llegamos todos a la cabaña, pero para mi el trabajo apenas comienza. Saco mis instrumentos, seco mi cara y mi cabello mientras todos se acercan y se van sentando frente a mi. Sé bien lo que quieren, lo han estado pidiendo desde que llegamos al primer lugar: café. Pero aun no es tiempo, antes de eso deben aprender como se hace todo en el campo.

Mis anfitriones me pasan un bowl grande de madera con café verde; es hora de tostar. Le paso el bowl a todos para que conozcan la ultima forma del grano antes de tostarse y molerse. Nos acercamos al caldero ardiente que nos tienen preparado y empezamos a tostar. Willy empieza a mover el caldero para mostrarles a los curiosos como se hace, luego le pasa la gran paleta de madera a alguien del grupo, y luego así todos ponen un poco. Al cabo de unos minutos todo está listo, es hora de enfriar y de majar el café en el pilón.

Todos nos reunimos una vez más y nuestros anfitriones nos hacen la historia de Villa Margarita; como hace 10 años, donde estábamos parados no había mas que plantas y piedras, y como poco a poco después de muchos intentos por sembrar otras cosas, al final decidieron sembrar café. Las anécdotas pasan a aplausos, los aplausos pasan a ligeras charlas sé que es mi turno ahora.

 

Café, siempre café

El agua está hirviendo, la greca empieza a subir por un lado. Peso, muelo y luego enjuago la Chemex. Vierto, espero, vuelvo a verter. El liquido marrón semi transparente empieza a caer, mi vista no se aparta de lo que hago, pero sé que todo el mundo espera. Hay rostros…muchos, y todos quieren un poco. Al fin sale el café de la greca, -¿quien quiere café de greca?- pregunto, y una avalancha de tazas recae sobre mi. Vierto un poco a las que puedo, mientras otras manos se mantienen extendidas esperando su parte. -¿quien quiere café de la Chemex?- y otra horda de tazas aparece; por detrás, por los lados, por el frente, todos quieren un poco y me siento estrella de rock repartiendo autógrafos a los fans. Así transcurre el tiempo, preparo café en la tradicional “media”, y otra ola se lleva, vuelvo a preparar en la Chemex, y también desaparece.

Todos han tenido su dosis de cafeína (algunos mas de una vez) todos están contentos. Charlamos, me preguntan sobre café, prueban sus tazas, y asienten sonrientes con la cabeza. Creo que he hecho un buen trabajo, al menos todos parecen contentos y hasta el agua para preparar se terminó.

6 p.m

El tiempo ha pasado demasiado rápido, apenas termino de servir la ultima taza y ya es hora de partir, de hecho, hace 3 horas debimos partir. Todo el mundo se despide, todo el mundo da las gracias, otros dejan sus números y sus contactos. Prometemos volver, y definitivamente así será.

Nos vamos con la lluvia sobre nosotros. El camino es una gran serpiente negra que se extiende hacia lo lejos. El transcurso a casa está lleno de conversaciones, de experiencias nuevas, y la expectativa de lo que vendrá. A medida que nos alejamos, quedo atrapado entre dos mundos: la finca y la ciudad. Lejos de ambos, cerca de ninguno, y ambos se mezclan en mi mente, hasta que sin darme cuenta empiezo a ver los postes y calles de Santiago.


 

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